
Edicion del 30 de julio de 2000
Yenia Dumnova: In memorian
LA ODISEA DE VIVIR
Alguna vez Yenia Dumnova --grabadora, dibujante, escritora-- contó que el día de su nacimiento, en febrero de 1921, caía una terrible "nevasca". Se remontaba a Tarasovka, Rusia, tierra de Lenin en pleno apogeo de la revolución comunista. El día que decidió dejar este mundo, Montevideo expresó su descontento con una lluvia interminable. No se fue sola. Junto a ella se llevó a Mario Jaunarena, su inseparable compañero, y al gato de ambos, César. Su decisión de detener el tormento de su marido que padecía un cáncer terminal, causó tanta polémica como admiración. Su espíritu dostoievskiano no podía imaginar una vida a medio vivir, y tampoco una vida sin Mario. La República de las Mujeres evoca parte de la vida de esta mujer audaz, que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, salió ilesa de la persecución de las dictaduras uruguaya y chilena, y fue tan seguidora de ideas como creadora de las propias.
por Leticia Brando
En tiempos del zar Nicolas II, la familia de Yenia Dumnova había gozado de una vida de privilegios por los negocios con cueros de su abuelo mercader. La revolución comunista provocó el pasaje de sus bienes al soviet local.
De niña, Yenia escuchaba a la maestra que le hablaba sobre la crisis del capitalismo y sobre los niños hambrientos, y se enorgullecía de acariciar los principios de la revolución. Lo interesante es que logró unir las ideas con la acción.
Entre las personas que la conocieron, parece inevitable hablar de la belleza física de Yenia y de su poderosa seducción. Por ello no extraña que Mario Jaunarena haya quedado prendado con la joven rusa. Pero no sólo a causa de su aspecto exterior. Sin duda, el intelecto de Yenia cautivó más al joven secretario del embajador uruguayo, Emilio Frugoni, que ya estaba dando sus primeros pasos en el socialismo y luego se convertiría en una de las figuras clave del Partido Socialista del Uruguay.
Recordemos que Yenia no había transitado una adolescencia común. Antes de conocer a Mario, en 1941, plena Segunda Guerra Mundial, estuvo cavando fosas antitanques para la defensa de Moscú.
"En los parques las mujeres cavaban trincheras. En las plazas los soldados instalaban cañones antiaéreos, los integrantes de las milicias populares voluntarias aprendían a cumplir órdenes militares que les daba un oficial jovencito. Me asombré de que no tuvieran fusiles sino palos de madera....
Las chicas de mi grupo trabajaban en silencio, haciendo de tanto en tanto breves descansos. El sol ya estaba bastante alto cuando escuchamos el aterrador bramido de un avión y gritos desaforados: ¡Cuerpo a tierra! ¡Cuerpo a tierra!"
Yenia fue testigo de la muerte de su amiga Nadia y habla de ello en su libro "Contrapunto de recuerdos"(1991), donde hace una recorrida por sus vivencias en la Rusia natal y sus días en la dictadura uruguaya y chilena. Todo eso debió enfrentar Yenia y mucho lo superó gracias a su inquebrantable voluntad.
MOSCU, 1944: FIN DE LA GUERRA, COMIENZO DEL AMOR
En junio de 1944 Yenia había retomado los estudios de arte en Moscú y, pese al hambre, ya se avecinaba el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por esa misma época se encuentra en el Metro con cuatro personas de aspecto europeo: "Un viejito ceremonioso, un gordito elegante, un cuarentón con el jopo que le caía sobre la frente y un joven con largas pestañas negras que parecían que podían despertar la brisa, describe en su libro "Contrapunto de recuerdos".
Una semana después, Yenia vuelve a ver al "gordito", que resultó ser Bernardo Elpern, diplomático uruguayo que le habló en ruso perfecto, y le advirtió que no la dejaría ir hasta que ella aceptara encontrarse con uno de ellos.
"Yo ni me daba cuenta bien dónde estaba el Uruguay, más o menos por alguna novela de Julio Verne suponía que estaba en América del Sur, y pensé que sería interesante conocer a un joven uruguayo y ver qué parecían los uruguayos. Elpern entró en una cabina y telefoneó al Hotel Nacional, que estaba enfrente... En un abrir y cerrar de ojos apareció el más joven. Me habló en inglés, dijo llamarse Mario, que tenía 24 años y me pidió que le mostrara la ciudad".
Mientras Yenia oficiaba de guía turística, "nos enamoramos. Nuestras relaciones platónicas terminaron en un soplo. Nos sentíamos muy felices, íbamos al teatro, a los conciertos en el Conservatorio de Moscú, a los museos y parques con sus lagos y laguitos, y con el único inconveniente de que a las diez noches yo estaba obligada a abandonar el hotel, lo que era una situación un tanto humillante".
El 23 de agosto de 1944, la feliz pareja decide festejar la liberación de París por los nazis con el casamiento. Llevaban dos meses de intenso noviazgo.
"Allí estaba sentada una mujer de edad indefinida con gesto de sufrimiento, un pañuelo le cubría media cara, que ella apretaba tristemente con una mano. Se notaba de lejos que le dolían las muelas. En tiempo de guerra no había demasiados candidatos para casamientos y la mujer estaba aburrida. Callada, nos miraba de mal humor. Nosotros, algo turbados, dimos unos pasitos inciertos sobre la alfombra.
--Ustedes, ¿qué? preguntó con una vocecita finita de falsete la mujer del pañuelo -¿casarse o divorciarse?
Otra vez nos miramos uno al otro para darnos ánimo y dijimos: casarse.
-Pasaportes, dijo, pero cuando vio que el de Mario era de un extranjero, se puso radiante, se sacó el pañuelo de la cabeza, se levantó para abrazarnos y besarnos, deseándonos toda la dicha posible: por primera vez casaba a un extranjero", escribió Yenia
ELEFANTE BLANCO: MIRADA Y JUZGADA
Luego del casamiento, los problemas de clara raíz kafkiana se acrecentaron a la par del amor de la joven pareja. Debieron enfrentar la persecución del gobierno soviético; las calificaciones de Yenia que solían ser excelentes, descendieron sin explicación; también le quitaron la cartilla de racionamiento. Huir del régimen de Stalin parecía ser la salida.
Gracias a las intensas gestiones del embajador Emilio Frugoni, del presidente de la Cámara de Diputados, Luis Batlle Berres y del ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay, las autoridades soviéticas permitieron que su ciudadana saliera del país.
En noviembre de 1945 la pareja logra partir de Moscú. En Montevideo, Yenia se integra a la Juventud Socialista, concurre a la escuela industrial, ingresa a la Facultad de Humanidades, pega carteles y dibuja para el periódico "El Sol".
"Al principio, al llegar al Uruguay en plena guerra fría, yo me sentía una especie de elefante blanco. Todo lo que hacía y todo lo que decía era comentado. Aspirantes a Casanovas trataron de conquistarme en la forma más burda. Tenía que actuar con toda prudencia y dignidad. Debía estar siempre bien y correctamente vestida, sin exagerar, caminar con elegancia, cocinar bien, guardar y disimular mi indignación al escuchar tremendos disparates sobre mi país y mi pueblo".
REFUGIADORA DE REVOLUCIONARIOS
Durante el régimen de Stalin, Yenia no pudo comunicarse con su familia. Recién en 1957 pudo visitar a su madre, sus tíos, su hermana que ya tenía dos hijos, y sus amigos. En Montevideo se había afiliado al Partido Socialista del cual su marido había sido secretario, pero al regreso de la Unión Soviética toman la decisión de irse del partido y comienzan a militar con todos los sectores de izquierda. Hasta 1972, Yenia y Mario vivieron en un apartamento en Pocitos, que sirvió de lugar de reunión con sindicalistas y fue también refugio de militantes tupamaros como el poeta y dramaturgo Mauricio Rosencof.
"Pensaba yo, a decir verdad, que los métodos de los tupamaros no eran adecuados para el Uruguay, pero, desde luego, le dije que lo albergaba con gusto. ¿Cómo podía negar ayuda a un revolucionario? Este muchacho, a quien le decíamos el Flaco, RB, vivió con nosotros tres meses. Era muy austero y disciplinado. Nunca salió a la calle ni se mostraba por las ventanas".
Con mucho humor, Yenia recurría a los más alocados disfraces para eludir los controles militares. En momentos era una viejecita coja, en otros una joven esbelta que lucía sus piernas en minifalda, o una "vecina rica que había decididido tomar un poco de aire después de la tormenta".
En los setenta, Yenia colaboró con el teatro El Galpón realizando afiches, escenografías, y la artista siempre recordaba con alegría sus amigos del teatro. Trabajó también como dibujante del semanario "Marcha". Lo otro que intentó ser fue periodista pero a pesar de sus dotes, tuvo algunas trabas en el camino. Nunca negó las dificultades de ser una soviética en occidente. Salvo las clases de idioma ruso, en Uruguay no pudo encontrar ningún trabajo permanente y bien remunerado. "Al saber que era rusa soviética me cerraban las puertas en las narices".
De todos modos, Yenia no bajó los brazos y escribió algunos artículos "sobre la pobreza en medio de la abundancia, sobre los sindicatos, sobre la mafia, sobre los jóvenes y la cultura y el modo de vida norteamericano", inspirándose en su estadía en Nueva York, acompañando a su marido que era contratado por las Naciones Unidas. Algunos de estos artículos salieron en "Epoca" y en "Marcha", y causaron algunos problemas a Jaunarena en relación a la renovación de su contrato.
PALACIO DE LA MONEDA: UNA HUMAREDA NEGRA HASTA EL CIELO
Pero la vida de Yenia siempre estuvo más inclinada a seguir los mandatos de su corazón que las comodidades que le pudiera brindar el mundo occidental. Cuando las listas negras de la dictadura uruguaya ya eran una evidencia, Yenia y Mario huyen a Chile. La aparente tranquilidad por el triunfo de Salvador Allende no se iba a prolongar demasiado. En Santiago, Yenia dio clases de ruso en la Cepal y en una fábrica para los obreros, y también trabajó para la revista "Chile hoy".
El apartamento donde se instalaron estaba situado en la misma calle de la Alameda, a pocos pasos del Palacio de la Moneda, que fue el corazón de la resistencia de Salvador Allende. Durante el golpe de Estado, su marido estaba en Suiza. Yenia presenció la humareda negra que se levantaba desde el Palacio y las llamas destrozaron los vidrios de las ventanas de su apartamento. Otra vez, el temple de Yenia enfrentó a la intolerancia de la dictadura. Frente al miedo, aplicó sus dotes histriónicas y utilizó su optimismo para darle fuerza a militantes de izquierda chilenos que eran perseguidos.
"Oh, la diferencia de clases, la base de la convivencia del capitalismo. Creo que es ella la que me ha salvado la vida. Aprendí en Uruguay en los negros años del pachequismo, con sus registros domiciliarios, con sus pinzas callejeras, con su extrema brutalidad e injusticia, a tratar a militares y policías. No existe mejor tono que la condescendencia elegante y amable... la verdad es que en el Uruguay me había entrenado yo misma para saber cómo se trata a los militares: es necesario pasar por una aristócrata idiota, ser altivamente simpática y demostrar al milico que es mucho más inteligente que uno".
URUGUAY 2000: ADIOS Y EL RECUERDO
Luego del exilio en Ginebra, con la vuelta de la democracia Yenia y Mario regresaron a Uruguay. Los últimos días de ambos transcurrieron en su casa de la calle Palmar, donde los visitaban intelectuales de la talla de Mario Benedetti, Guillermo Chifflet, Roque Faraone, los realizadores de la revista "Alfaguara" y tantos otros. La pareja había tenido una intensa vida social y política. Era usual encontrarlos en el teatro, una de las grandes pasiones de Yenia.
Todos los que los conocieron parecen coincidir en la originalidad y en el humor de Yenia, que se complementaba con la serenidad de Mario. "Era una mujer muy completa. Era una artista, tenía vocación de pintora y era una escenógrafa muy importante. Mario era muy eficaz en la organización, era un militante excepcional", evoca el diputado Guillermo Chifflet, quien no duda que el final tuvo su origen en un pacto de amor. Yo hablaba con ellos prácticamente todos los domingos. Ellos habían pactado que el que sobreviviera no iba a ver sufrir al otro".
Santiago Dentone es un joven periodista que trabó amistad con Mario Jaunarena a través del Comité Ibero Gutiérrez, y recuerda la seducción e inteligencia de Yenia: "Nunca tuvieron doble discurso. La decisión de Yenia es transgresora pero ellos vivían de acuerdo a sus ideales".
En la etapa final de la enfermedad de Mario, Yenia era la que se veía más por el barrio. "Cuando llegamos en 1984 del exilio en México, todavía no vivíamos en el barrio pero cada vez que veníamos por acá, Mario me agarraba para hacer volanteada con él. Yenia era una persona muy cálida pero no muy efusiva. Las últimas veces que la vi, me sorprendió, con mucho aspaviento, mucho abrazo, mucho beso. Ella estaba haciendo una despedida general", cuenta Nela, vecina e integrante del Comité Ibero Gutiérrez.
Transgresora y vital, Yenia vivió al límite entre sus pasiones por la militancia de izquierda, el arte y la escenografía teatral. Encantadora y creativa, sigue viva en el recuerdo de los que la conocieron y de los que siguieron su peregrinar de leyenda.
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